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Es común entre prescriptores y sumilleres hacer uso del género, en referencia al estilo de un vino. Este es el caso de los llamados “vinos femeninos” —¿Sabes realmente a qué se refieren?

Muchos de los términos utilizados en la descripción de un vino son más propios del lenguaje poético que del técnico. Un ejercicio prosaico en el que se busca atraer la atención del lector más que reseñar los atributos del propio vino. Es el caso de “mineralidad”, “sapidez”, “tensión”, o de tipo antropomórficos como este que nos atañe ahora.

Con “vino femenino”, contrario a lo que muchos podáis pensar, no se hace alusión a la preferencia gustativa del género femenino. No son vino concebidos para el disfrute de féminas por su cromatismo, o por aspectos fisiológicos de las neuronas en el bulbo olfativo de ellas —como he leído en alguna publicación. Tampoco son vinos elaborados por mujeres, para mujeres, o para hombres que aman a las mujeres, o por hombres que aman a los hombres que aman los vinos de mujeres…

Es más simple. Un “vino femenino” es generalmente un vino de estilo elegante, fino y delicado, en contraposición de los vinos corpóreos y estructurados (¿”masculinos”?). Se hace común su uso en la descripción de un vino de Garnachas de Cebreros, viejos Riojas clásico e incluso en los grandes vinos de Margaux en Burdeos…

Un término cuestionado y contradictorio, en una sociedad en guerra por el género: masculino y femenino, poder y delicadeza, en una rivalidad caricaturesca, de la que sale herida mi masculina sensibilidad —¿acaso los hombres no tenemos delicadeza, sensibilidad y elegancia?

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