Una de las lecturas de este confinamiento pasado ha sido Le gout retrouve du vin de bordeaux, un ensayo sobre la particular visión vitivinícola de Loïc Pasquet, propietario y vigneron del prohibitivo Liber Pater de Bordeaux, quien hace una apología de lo autóctono como único medio canalizador del terrorir. Un discurso extremo que casa con el de muchos productores, a quienes se nos llena la boca al hablar del carácter autóctono de varietales como Escobera, Garnacha, Hondarrabi zuri o Mencía, en un ejercicio de nacionalismo vitícola, que reafirma el carácter patrio de las mismas, frente a las castas importadas como Cabernet Sauvignon, Merlot, Syrah o Touriga Nacional.

Actualmente se cultivan en España unas 120 variedades de uvas autóctonas destinadas a la elaboración de vinos. Pero… ¿Son todas 100% ibéricas? ¿Cuánto tiempo debe pasar para que una casta foránea adquiera el estatus de autóctona? Interrogantes que los añejos estudios ampelográficos no pudieron desenmarañar, para los que la moderna identificación genética de variedades de vid acaba de arrojar sus resultados, poniendo coto a nuestros argumentos más tradicionalistas.

Buena parte de esas 120 variedades locales fueron en su origen varietales foráneos que con el tiempo se granjearon la “nacionalización”. Son el caso de las mediterráneas Moscateles y Malvasías, pero también de la Albariño y Pedro Ximénez, o las resucitadas Maturana tinta y de Navarrete —curiosas estas últimas pues tras sus análisis genéticos, se confirmó que su procedencia era francesa, amparadas bajo los nombres de Trousseau y Castets, rizándose el rizo, cuando la genética nos afirma que la Trousseau francesa estaba presente en Galicia como Merenzao. ¡Vaya lío!

Un suceder de invasiones, conquistas y reconquistas, y su “trashumar” poblacional, hicieron de autopista de material genético de variedades de todos los puntos de Europa (véase el influjo monacal en el desarrollo vitivinícola en los entornos del camino de Santiago, Priorat o Guadalupe) cruzándose de forma natural con el material genético de las castas tradicionales, lo que dio origen a buena parte de las variedades “autóctonas” tradicionales de hoy, sirviendo como ejemplo el cruzamiento natural del que nacen la variedad Verdejo, Mencía o Godello.

De esta maraña de cruces y procedencias me asalta algunas cuestiones —¿Es el varietal la clave en la expresión del terruño?, ¿se “desvirtúa” si en vez de Monastrell se expresa a través de un Syrah?

¿Son las variedades “autóctonas” nuestro único atractivo vitivinícola? Deja tu comentario a continuación. ¡Recuerda que participar en nuestro Diario de A Bordo tiene recompensa!

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